martes 10 de noviembre de 2009

NAIFLAI - RAPIDO Y RUIDOSO

Como cada noche, la garrapata híper desarrollada salió de su casa, llavero de branca en mano.

Abordó la renoleta verde, provocando el típico movimiento de rebote al subirse.

Si hay un placer mayor que manejar por Córdoba, un marte’ a las do’ de la mañana, que venga alguien y me lo diga” – pensó mientras ponía en marcha la “renonave”.

La vuelta era simple. Salía de los bolichitos de Alta Córdoba. Fragueiro derecho hasta Juan del Campillo. De ahí, derecho a General Paz, cruzaba el río, Subía por Mitre costeando el Suquia y doblaba en Figueroa Alcorta, bordeando la Cañada Hasta Colón. De aquella esquina en adelante, el recorrido era una aventura distinta cada día. Excepto por los puntos obligados donde estaban las chicas trabajando.

No era el único que sabía eso.


De la población de sanguijuelas voladoras que habitaban los depósitos abandonados de la ciudad, a Naiflai, una en particular le provocaba una reacción alérgica. Lo reconoció al instante en la esquina de Lima y Santiago del Estero.

- ¡Naiflai!

El grito lo dejó frío. Más frío que lo habitual en un vampiro. Pero más que el grito, era el ruido conocido de un motor odiado. Era el ruido de un Citroen 2CV. Amarillo. O al menos alguna vez lo había sido.

- Lechonazo - pensó y recordó la última vez en Jesús María.

Cuando miró en dirección a la voz chillona, reconoció a su instinto la efectividad, una vez más. Se gritaron de ventanilla a ventanilla.

- Pensé que te habían estaqueado aiá en Jesú’ María che Lechonazo…
- No… io sé que te hubiera cagado e gusto… pero me escapé…
- ¿Sabé las morcíias que hubieran hecho no?
- ¿Seguí andando en esa bosta verde?... raro que no se ti hay prendido fuego…

Naiflai aceleró rabioso en el lugar. La renoleta rugía como un cachorro de puma. El 2CV del Lechonazo no se quedó callado. Rugía como... como... como un Citroen. Entre las aceleradas de los dos, despertaron a varios vecinos de la cuadra.

- Che Lechonazo… no se que haría’ vo’ sin la citroneta… debe sé jodido levantá vuelo con ese cementerio e’ poio colgando…
- Caiate fideazo… doblá en la Olmo, y piquemo hasta Patria… a vé quien tiene mejor nave…


Hacía varios meses que no lo veía a Lechonazo. Primogénito de Doña Norma, la hermana menor de Doña Berta, lo hacía su primo hermano directo. Y entre ambos existía un odio histórico.

- Te doy tré cuadra de ventaja gordo… hasta que el pobre auto ese agarre velocidá...

El placer de manejar en silencio por la ciudad, a las tres de la mañana, había desaparecido. El Lechonazo, conocedor de las costumbres de naiflai, lo había buscado con el único objetivo de perturbarlo.

Y ahora había convertido el silencio en un estruendo de humeantes motores semi fundidos.

- ¡Hacele lo´aro’ che gordo amarrete!
- ¡Y vó pinta la renoleta de un color decente, cara e’ ocote!

Iban cuerpo a cuerpo, doblaron un poco jugados en la esquina de Olmos y aceleraron a fondo. Cuando cruzaron el río, iban a máxima velocidad.

Es decir, 45 kilómetros por hora.

A las pocas cuadras, en una cuneta, Naiflai perdió el escape. El Lechonazo perdió la parrilla del Citroen. Cerca de la calle Roma, Naiflai venía con ventaja y cortó los bulones de la rueda delantera derecha, viéndola separarse del auto, y apoyó el carter de la renoleta sobre el asfalto, dejando detrás una gigantesca estela de chispas, ante la carcajada del Lechonazo que venía unos metros atrás.

Cinco metros más adelante, gracias a la vibración, al Lechonazo se le desprendían los guardabarros y una puerta del destartalado Citroen, ocasionando que la rana amarilla hiciera un espectacular trompo en plena avenida.

En la soledad de la noche, los autos heridos parecían ballenas que habían encallado finalmente en una playa negra y fría.



A eso de las cinco de la mañana, las sirenas amarillas anunciaban la llegada de los auxilios mecánicos del seguro de cada uno.


Los encontró a ambos sentados en la puerta de un viejo bar de la cuadra.

Entonaban emocionados, una canción de Jean Carlos, frente a cuatro botellas de vino tinto vacías.


- Che culeau… – dijo el Lechonazo - ¡Lastima que no pudo verlo la Berta!

No lo sabían entonces, pero el tiempo (y Doña Berta en persona) les diría que estaban muy equivocados.

lunes 9 de noviembre de 2009

El bajista suplente

Ni siquiera tenía nombre. Era "La banda" aunque muchos creían que en realidad se llamaba "lavanda". De ahí las carcajadas.


Tocábamos al fondo de un video club, en un local gigantesco. Todas las noches le metíamos hasta las 10, después de varias advertencias de los vecinos.


Daniel y yo ajusticiábamos las guitarras, Juan Carlos la batería, Fabian el bajo, y Marino el micrófono.

Marino nunca pudo cantar nada, así que dejó de venir un día. Y entre los cuatro restantes empezamos a desgranar algunas melodías que, según críticas de los transeúntes, eran bastante agradables.


Pero algo faltaba. Teníamos los instrumentos, teníamos los acordes, teníamos el ritmo.. faltaba la voz.

Una noche, mientras ensayabamos, empecé a gritar al micrófono.

Y gustó.

Tanto, que aquella noche decidimos probar quedarnos con la guitarra de Daniel solamente, mas el bajo y la batería. No debería ser yo quien lo diga, pero salió algo muy decente.

Podía ser casualidad, podía ser tal vez el ímpetu de la primera vez. No sabíamos a ciencia cierta. Igualmente algo faltaba, pero no sabíamos que. Había que volver a probar.


Cuando volvimos a reunirnos al otro día, nos encontramos con la noticia de que Fabian no podía venir.

Y entre deliberaciones y propuestas, me colgué el bajo al cuello, y arrancamos con un tema calientadedos.

Algo estaba pasando esa noche, que no pasaba antes.

La música sonaba como una muralla, como el mar cuando te sorprende con esas olas de dos metros y te hace tragar arena, sal y agua en iguales proporciones.

Y cuanto mas tocábamos, mejor sonábamos. Y todos sabíamos a esa altura cual era el motivo.


Y entonces vino el momento de probar algunos temas lentos. Esos que nos salían tan seguros y tan planos...

Todavía recuerdo a la gente pegada al vidrio del video club, mirando hacia adentro.

Volaban los tonos arpegiados y los punteos en el bajo (que después de un buen tiempo le admiraría a Pedro Aznar) y mi voz parecía haber cobrado forma y volumen en ese mismo instante. Y por una de esas casualidades, aquella noche habíamos decidido grabar la sesión.

Cuando salimos del local a las 10 de la noche, reinaba el silencio entre nosotros. Nadie hablaba. Ni siquiera nos miramos. Juan Carlos nos saludó, cruzó la calle y se metió en su casa. Con Daniel nos fuimos caminando unas cuadras juntos, revoleando las melenas en la soledad de la avenida.

- Sonó lindo... - dijo por fin.
- Sep...
- ¿Y porque no...
- No lo digas Dani... no... ni lo digas.
- Pero...
- Conozco a Fabian desde tercer grado... y a Juan Carlos... que se yo desde hace cuanto.
- ¿Y no vamos a hacer nada?
- Vas a ver Dani... - aseguré - en menos de un mes, estoy afuera.
- Naaa...
- Un mes Dani... un mes.

Yo era amigo histórico de los dos, pero me unía con Daniel la misma pasión por la música.

- Vas a ver... - continué - que algo pasa... me rajan... y dicen que con vos no hay problema.
- Sería una lástima...
- Los conozco demasiado.

Recuerdo haber escuchado esa cinta una y otra vez, y me parecía increíble haber sido parte de esa sesión.


En una semana se terminó dando lo que había predicho. Que no iba a horario a los ensayos, que la distorsión, que el equipo muy alto, que los temas... no importaba. La causa iba a aparecer de un momento a otro.


A Daniel le dijeron lo mismo que le había predicho yo. Y en un gesto honorable de su parte, prefirió declinar la invitación a seguir con ellos.


Así que Juan Carlos y Fabián buscaron a un guitarrista suplente y un cantante suplente, y siguieron haciendo los temas que había escrito yo.

Los volví a escuchar en un antro alguna vez, y sonaban. Ni mal, ni bien. Sonaban parejos. Mejor que los cuatro primeros, pero nunca como aquellos tres que fuimos una vez.

Y recordé aquella sesión en que habíamos ensayado "Mi tren". ¡Puta!¡Como sonaba ese bajo!.



Y mientras sonreía, terminé mi cerveza y me fui del lugar, dejando el pasado donde debe estar.

jueves 5 de noviembre de 2009

Que vuelva Carlos! (Sagan)

Hacía mucho que no me emocionaba hasta las lágrimas así...

Estoy en casa, con un resfrío mas que interesante para algunos patólogos, sin un solo hilo de voz, y se me ocurre ponerme a ver algo en la tele.

Gracias a la sobreabundancia de información, producto de la interconexión de redes a nivel mundial, y también gracias a la piratería (hay que ser justos), conseguí bajarme la serie "Cosmos" completa.

La reacción fué inmediata.

Reconocer la voz doblada, la música de Vangelis y las imágenes del comienzo, fué como si me hubiera pasado un colectivo lleno, en horario pico, por arriba del pecho.





A ver... intentemos explicar esto.

Cuando ligué mis primeros mangos en la ya lejana infancia, fuí y me compre un libro llamado "La tierra, el tercer planeta". El libro ya era viejo cuando lo compre, pero era mío. Tenía las páginas amarillentas y olor a viejo. Y lo amé, (y aún amo) por eso. Mientras mis amigos iban y se compraban figuritas, chocolatines Jack y pop rocks, yo fuí y me compré ese libro.

En casa había ademas una biblioteca surtida. Pero había joyas para mí, que había adoptado como mías. Mi viejo, tenía un libro de química de sus épocas del industrial. Me lo apropié impunemente. Recuerdo tambien un pequeño librito de serigrafía, y aun hoy puedo ver en mi mente la escala cromatográfica completa, con forma de faro marítimo, y recuerdo bien patente, la palabra "magenta". Tenía una influencia mística sobre mi. Magenta. Nunca lo había leido antes. Así como "Cián", descubrí un mundo de palabras desconocidas, de colores llenos de luz.

Todo era nuevo y asombroso para mi, a mis 8 años.

Me pasaba horas completas viendo esas imágenes, aprendiendo estructuras atómicas y masas, y estudiando el orden de los planetas del sistema solar, los nombres de los planetas y sus lunas, estrellas, agujeros negros...

Si, es verdad. No era muy normal. Algunas cosas nunca cambian.

Para esa época tambien apareció la revista "Muy interesante" que era como el anteojito pero para gente grande. Me devoraba las ilustraciones y las notas, con sabor a un futuro que ya era casi presente. Deliraba con las historias de contratapa de Isaac Asimov.

Mi infancia y adolescencia, básicamente, fué la de un prominente científico.

Cosmos fué sin dudas todo lo que aquel chico curioso necesitaba para ser feliz. Viajar en un panadero (o diente de leon, o dandelion) a través del universo, fué mas de lo que alguna vez hubiera soñado aquel chico.

Entré a la secundaria con profundos conocimientos de química y astronomía. Lo cual me hacía el chico admirado por algunos, y denigrado por otros.

Pero...

... lentamente, la estructura educativa, los mandatos sociales, las obligaciones estudiantiles, las hormonas y las materias llevadas a marzo, fueron adormeciendo al científico, separando al soñador del inminente hombre de bien. Fuí olvidando las cuestiones científicas. Y progresivamente fuí cayendo en la devastadora realidad económica de los 80's, en las posibilidades laborales que podría tener una carrera en particular, y en los 90's ya de la incipiente y promisoria informática a nivel popular.

Me hice analista de sistemas.

Y me olvidé de aquel chico que soñaba mirando al cielo, que acompañaba a su abuelo en una terraza de Villa Ortuzar a contar las estrellas fugaces que iluminaban los techos del Tornú.

Después de casi 30 años... ese chico volvió a aparecer de pronto. Me lo encuentro en el living con un blazer azúl, en la casa de Santos Lugares, merendando un cafe livianito y dos panes completos con dulce, o solos, mojados en el café. Tiene cara de miedo ante la nueva etapa que comienza despues de su feliz paso por la primaria. Ese blazer de botones brillantes, que pesa 7 kilos y es grueso como una frazada, lo encierra, lo ahoga, lo enmarca en una estructura que no quiere aceptar, pero sabe que debe hacerlo.

Ese chico volvió a aparecer, acá, en el living de casa, en Rio Ceballos.

Y de la mano de Carl Sagan, científico primero, pero antes que nada, maestro.

Su idea de acercar la ciencia a cualquier pelagato que tuviera el interés suficiente fué para mi, mas allá de una genial idea, un ejemplo a seguir durante muchos años.

Yo soñaba con ser como el.

Y hoy, acabo de recordarlo.

martes 3 de noviembre de 2009

Vueltas y vueltas

Amigos se fueron.
Amigos vendrán.
Padres murieron.
Hijos nacerán.

A veces parece que las cosas que nos ocurren son siniestras, sin sentido, injustas de alguna manera. Pero todo obedece a un ciclo que se repetirá toda la vida.

Decisiones erradas ayer.
Mañana regresarán.
Amores perdidos dejaron
Lugar a los que llegarán.

Y uno se pregunta siempre porque. Ahí está el asunto.

No en el "porque", sino en el "cuanto tardaré en comprenderlo".

El despido de hoy
Mañana será oportunidad
La bonanza de ayer
Se convirtió en adversidad.

Y gira la rueda, y lo que es arriba es abajo, y una acción corresponde a una reacción. Son leyes fundamentales de la metafísica, pero mas que nada son realidades que se perciben todo el tiempo. Uno le sonríe al prójimo, y mañana probablemente nos sonrían a nosotros. Uno se baja del auto a ayudar, y mañana probablemente se bajen a ayudarnos a nosotros.

Todo lo que perdemos, o creemos perder, comienza a circular. Y es lo mas probable que tarde o temprano vuelva a pasar a través nuestro. Un billete falso, un correo ingenioso, una canción, un mate amargo, una pasión. Vuelve y sorprende. Y entonces comprendemos la pérdida anterior.

Como en la historia del subterráneo perdido en Londres. Esas son las realidades a corto plazo. Lo que minutos antes era una desgracia, se convirtió en salvación. A veces lleva 17 años decirle a Nanci que fué nuestro primer amor. Esas son las realidades a largo plazo.

Tarde o temprano, las cosas llegan. Podemos acelerar los tiempos en algunos casos. Pero es inevitable que suceda. Si estafamos a alguien, tengamos por seguro que mañana nos estafarán, si compramos un equipo robado, mañana seguramente nos robarán.

Por eso hay que saber perdonar, para ser perdonados. Hay que saber amar, para ser amados.

Gira y gira la rueda.

Y lo que hagamos hoy, lo que seamos hoy, será seguramente lo que recibiremos mañana.

Vueltas y vueltas.

Cosecharás tu siembra. Manten tus palabras blandas, pues algún día tendrás que comértelas.

Frases conocidas, que no son mas que afirmaciones de lo mismo.

Aunque a veces es prácticamente imposible entenderlo.

*Los versos escritos se me venían a la mente anoche durante el insomnio.

jueves 29 de octubre de 2009

Naiflai X 2!!!

Naiflai en esta entrega viene doble, como la doble nelson que le hicieron a Martin en uno de los últimos programas de Titanes en el Ring.

Iba a decir "como la doble nelson que le hicieron a tu hermana", pero quedaba feo...

El tema es así.

La idea del vampiro cordobés nació a partir de un post del flaco picante. Y nos comentabamos lo mal que juega Belgrano pero que al menos está en el Nacional B, y que Talleres está disputando el campeonato municipal de Ischillin...

Y el tema de los muertos vivos nos fué llevando inevitablemente a Naiflai. y nos dimos cuenta que la historia era muy similar a un personaje pergeñado por el cofla, hace tiempo ya. Y la cruza entonces se dió sola.

Naiflai ahora tiene adn de dos piratas celestes, y para celebrar esto, se publican dos capítulos, por dos autores, escritos en dos pc's y a dos km de distancia.

Como extra, les cuento que cada entrega llevara como título, una referencia solapada a una película, en estos casos, son "Batman Inicia" y "Dragon Rojo".

Doble entrega, doble placer, doble nelson, doble de riesgo, doble por la línea punteada para cortar.

Todo doble.

Así que doblen a la derecha y sigan leyendo.




Naiflai Inicia


Doña Berta nunca supo de la condición de mosquito superdesarrollado del Guille. Cuando empezó todo, pudo ocultarlo por un tiempo hasta que ella se fue a vivir a Embalse cuando le salió lo de la jubilación.

Para cuando ella murió, Naiflai ya dormía en la estación abandonada de Alta Córdoba.

- Eh Willy! – gritaba doña Berta
- Quelo qué mama!
- No toméi del pico él sifón querí!… te lo i dicho mil vece!


Naiflái tenía ya el inconveniente de no poder tomar en vaso, a raíz del comienzo del desarrollo de sus colmillos. Pero lo del sifón no era lo único por lo que reñían. Recordaba ahora muchas discusiones con la tana. Era tal vez su forma más cariñosa de relacionarse.

- ¡Ya no ti reí en la foto como ante güily! – lo había acusado una noche doña Berta
- Pero… ¡ni siquiera salgo en las fotos vieja!
- ¿Ve? ¡A la final só un guanaco de lo pior!


Ahora recordaba todo como si hubiera sucedido ayer… Extrañaba a esa mujer enorme, llena de afecto y una habilidad magnífica para los chancletazos en la siesta.

- ¡Limpiate la dó pata en el felpudo, che hilachento!
- ¡Ahí tené, te lo iené de lo sorete del Bobby!
- ¡Te vuá a sacá el alma a trompadone a vo!


Berta nunca se había enterado de la condición de muerto vivo del nene. No hubiera podido soportarlo.

- ¡Como extraño lo ravioles tuio viejita de mi corazón!

Mientras hervía el agua de la olla, y le echaba un chorrito de aceite y un poco de sal y alguna que otra lágrima, recordó la noche que comenzó todo.

Volvía de ver a La Barra como todos los sábados, mientras canturreaba solo y a los alaridos.

- Uuuun miión de rosasssssss… nanana nana nananana uuuuumiión de rosasssss ….

Caminaba solo por la costanera con varios fernetazos arriba y un par de vinos blancos dulzones por abajo, cuando se cruzó con ella.

- Si no fuerai de verdá mamita, te haría con bolsa inflada del mariano max pa tenerte en la zapie!

La morocha, de contextura pequeña, zapatitos negros, minifalda negra muy corta, y camisa blanca rellena de lo mejor de ella, resaltaba en aquella penumbra como una baliza en el océano.

- Shhhh… - Lo provocó ella con sensualidad.
- Sin soda para mi coshita!
- Shhhhh – Volvió a provocarlo, ahora apoyándole el índice sobre los labios.
- Te estai desinflando mamita! Io sabía que erai muñeca, pero no que erai inflable!
- Soy una muñeca demasiado brava para vos bebé…


Ella le acarició el pelo, y luego paso sus largas uñas por el cuello de Naiflai.

- ¡Si te gusta el cogote é todo tuio! – dijo con doble sentido, y se condenó para siempre.
- ¿Me estás invitando?
– dijo sonriendo la negra.

El, sin perder el tiempo, le apuntó a la boca y disparó un beso. Ella lo atajó con sus labios fríos y le ofreció su cuerpo ahí mismo, sin rodeos. Guillermo no podía creer que la suerte de toda la vida se le hubiera juntado en una sola noche. Pero no sería tan así.

Aullaron a la luz de mercurio, ella, aullaba de placer, el, aullaba por las uñas gigantes que tenía clavadas hasta las costillas.

- Tengo ganas de morderte – dijo artera la morocha.
- Si tuviera maionesa pa ponerme te prestaba… ¡pero mordé todo lo que querai!


Con un movimiento veloz, ella desapareció del campo visual de Naiflai para situarse justo detrás. Para el pobre infeliz, fue solo una visión borrosa, como en las viejas fotos deportivas.

- ¡Ande tihai ido mi reina mora!

Sintió el aliento frío detrás del cuello.

- Justo donde me querías corazón.
- Uuuyyy Dio!
– Fué lo único que alcanzo a decir.

La muñeca infernal le mordió el cuello suave pero firme. Naiflai recordaba ahora las visiones y la extraña música que habían acompañado aquel momento.

El frío del invierno se había apoderado de su alma en aquel entonces, y debía combatir contra esa sensación constantemente, en una batalla que duraría toda una eternidad.
A fuerza de cuarteto, Fernet con coca, criollos de hojaldre, pezca de dientudos en los embalses y sobre todo, las enormes bolsas de tutucas, Naiflai le arrimaba un poco de calor al corazón.

Claro que la estufa a cuarzo en invierno ayudaba bastante.

Glosario:
La Barra: Grupo cuartetero local, con mas de una decada y 500 discos lanzados.
Mariano max: Desaparecida cadena local de minimercados.
Reina Mora: Ave regional de belleza singular y un canto incomparable.
------------------------------------------------------------------------------------------------



Naiflai Rojo

Ahora estaba cociendo los ravioles de la vieja. De la vieja de la fabrica de pastas de Lima y Alvear.

Cenaba cada tanto afuera, cuando la sed de sangre real se hacía insostenible. Mientras podía contenerla, cenaba solo en su casa. Aquella noche era mas lóbrega que de costumbre, y se sentó a la mesa, solo, pero no del todo.

Naiflai tenía una debilidad que solo unos pocos conocían: El Frambuá de las bodegas Nanini. Un tinto elaborado en la colonia caroyense, que reza desafiante en su etiqueta la frase “Rojo Sangre”. Y eso para cualquier vampiro mediterráneo, era un llamado irresistible, casi como el llamado de la sangre cuando aparece un hincha de Talleres que entró con el gorrito puesto por la popular de Belgrano.

La debilidad de este mosquito con esteroides estaba acompañada por otro secreto inconfesable.

Naiflai compraba muñecas inflables al por mayor.

La única condición era que debían ser morochas, como aquella petisa que lo sumara a las filas de los no durmientes. Siempre, invariablemente morochas.

Su afición a las inflables, no tenía en absoluto alguna implicancia sexual. Era más bien una cuestión de creatividad.

La primera vez que fue a la bodega, compró algunas botellas de frambuá, de amabile, de syrah y de vinagre para los vampiros que no le caían bien y se auto invitaban a sus asados. Pero mientras mas se desarrollaban sus colmillos, peor se le ponía el asunto. Probó tomando el vino con un sorbete, con una cucharita, con un gotero, pero las sbornias eran cada vez más crueles y duraderas. Necesitaba urgente otra solución.


Era ya la tercera vez que iba a la bodega con su insaciable sed. Estacionó la renoleta debajo de uno de los plátanos de la avenida, subió con la mano izquierda la ventanilla, y con la derecha la aseguraba con un destornillador plano, y fue entonces que se le ocurrió una idea genial.

En la siguiente visita a la cava, bajó de la renoleta, abrió el baúl, y agarró un paquete pequeño que había retirado un rato antes en una galería del centro..

- En que lo puedo ayudar – dijo el empleado.
- Quiero ievá 100 litros de Frambuá – dijo Naiflai.
- ¿Y trajo algo en que llevarlos o lo quiere en botellas? – rió el hombre
- No te hagai el picante que te vuá falsiá la rosca del cogote – sentenció muy seriamente

Naiflai abrió el pequeño envoltorio, y sacó una desinflada muñeca morocha. Miró a los ojos al sorprendido empleado, y con la mayor seriedad posible aclaró:

- Me lo vai a cargar acá nero… y si ti yeís, te vai a ayepentí…

Los ojos se le oscurecieron de golpe, como el cielo cuando viene la piedra, y el empleado se apuro a consentirlo.

- Enseguida señor…

Esperó mientras en el interior del local le insuflaban el néctar divino a su morocha.

Recordaba siempre a aquella morena que lo había convertido en la sanguijuela con gigantismo que era hoy. La muñeca inflable era una de las formas que tenía de mitigar esa sed de volver a verla. Y también mitigaba otro tipo de sed, para que negarlo. El negro no era de madera.

Aunque, si le hubieran ofrecido laburo de barril, hubiera agarrado al instante.

- Señor… su pedido está listo
- Gracias gringo… cuanto é lo que debo?
- Quinientos veinte, señor


Mientras pagaba, Naiflai se detuvo. La mirada se le heló y los ojos perdieron el característico brillo. Miró a la muñeca… y su cara demostró preocupación. El empleado entendió el problema al vuelo, y entonces comentó en voz muy baja:

- Hay una gomería acá a dos cuadras… y… tal vez con unos parches…
- Tenei razón cara e mojarra…
– dijo con evidente agradecimiento.

Ahora, pasados los años, la recarga del curioso envase se había hecho costumbre, y el empleado de la bodega ya no se sorprendía al verlo. Casi se alegraba de recibir a su mejor cliente. Con la muñeca, Naiflai mitigaba principalmente dos necesidades: La de beber sangre del cuello de su vampiresa, y la de beber vino del bueno, sin las incomodas y estúpidas copas.

Las primeras veces se había bañado en frambuá, hasta que le agarró la mano para emparcharla al vuelo. No era cuestión de desperdiciar aquel oro rojo. Ahora poseía una habilidad digna de ver. Posiblemente fuera capaz de emparchar una moto andando debido a aquella rapidez.

Lo que no había podido solucionar aún, era el tema del enfriamiento.

"Lo malo de todo esto caeza, ¡es que no se por donde meterle lo cubito!"